Viví muchos años escuchando tus historias infinitas y geniales, como la de aquella vez que te rebelaste a tus seis años contra papá, o como cuando pedías café a tus tías haciendo todo un melodrama de la enfermedad, o como esa en la que -con siete años- te le declaraste a una chica de 20 años que supo darte un beso tibio en la boca pero solo por ternura, o esa historia en el que le jurabas amor eterno a mi madre, como la narración de como cargabas tu tanque de oxígeno a través de la casa sin hacer bulla, solo porque querías jugar con “Cachirulo” el perro que tenían tú y Leo… es confortante ver la cara iluminada de Leo cuando cuenta las cosas que ustedes vivieron juntos y triste ver su rostro quebrantarse cuando recuerda como te fue cuando sufriste de Púrpura Trombocitopenia.
Viví mucho tiempo -y vivo aun- recordándote sin conocerte, amándote sin verte, reconociendo los detalles de tu cara morena en la cara blanca que se me dibuja en el espejo por las mañanas, preguntándome cosas que seguro te preguntaría si te viera junto a mi. Mientras la gente se enoja y se pregunta como es posible que tú y yo tengamos el mismo genio, yo no dejo de sentirme más orgullosa; porque es mi manera de conocerte sin tener un solo recuerdo tuyo.
¿Tendrías hijos ahora?, ¿Estarías casado?, ¿Serías el enamorado eterno de mi madre, como jurabas?, ¿Serías mi amigo, más que mi hermano?, ¿Me habrías regalado los abrazos que yo te hubiera pedido?, ¿Qué dirías de lo que estoy viviendo ahora?, … ¿seguirías enfermo?…
Hoy cumplirías 39 años. Treinta y nueve. Te diría lo que pensé esta mañana mientras el agua tibia caía sobre mi cuerpo en la ducha: “Vejete”. Jaja… si, te diría vejete como le dijiste a nuestro abuelo alguna vez. He despertado feliz esta mañana, muy feliz, porque en fechas como estas -a diferencia de mi madre- uno no debe llorar, uno debe agradecer que el mundo te gozó durante tus cortos ocho años.
Es que a tu poca edad demostraste más fortaleza que ninguno de nosotros, que le diste dura batalla a esa enfermedad que tan solo te diagnosticó tres meses de vida pero que la callaste con siete años y medio de risas, que no te importó ser un niño cianótico al que algunos familiares ignorantes marginaban por ser un “niño de color”, que te reías de tu enfermedad y sacabas pica de ella porque por eso conociste muchos países buscando un remedio que te permita aferrarte a la vida… TODO fue adverso para ti, pero rompiste muchas reglas, muchos esquemas y tan pequeño te enfrentaste al mundo médico.
Mi segundo nombre no es de mi devoción, pero fue puesto a nombre de tu salud, a nombre de quien, en momentos de muerte, te cuidó y se te sacó de ese estado. Mi segundo nombre me gusta por eso, porque sé que en parte es gracias a ti que me lo pusieron. Me hubiera gustado mucho conocerte, me hubiera gustado mucho poder hacer efectivos todos esos sueños que a lo largo de mi vida he tenido contigo y quisiera, el día de hoy, poder llamarte y saludarte por tu cumpleaños, hacerte bromas por tu edad y hasta viajar a Guayaquil para poder pasar el fin de semana contigo.
Si luego de la muerte, aun puedes celebrar el día en que naciste… pues espero que te diviertas bailando como siempre querías. Que pases feliz, hermano mío, que pases más feliz que siempre.