Si me preguntaran: ¿De dónde eres? Mi respuesta más rápida sería: “De aquí, de Guayaquil” (si me hicieran esa pregunta estando en mi ciudad, obviamente). Pero si me dejaran cavilar un poco mi respuesta trataría de llegar un poco más allá sobre la verdad de mis ancestros.
No soy una guayaquileña, madera de guerrera. O sea, si lo soy porque nací acá y porque mi padre (de quien se supone soy vivo retrato en cuanto a forma de ser) también fue guayaquileño, pero por pura casualidad. Mis abuelos paternos son manabas, de Calceta y de Portoviejo y sus padres (mis bisabuelos) fueron de Panamá, Manta y Guayaquil. Mi madre es una mujer que emigró del agro ecuatoriano. Ella y sus hermanos nacieron en Baba unos y en Vinces otros. Sus padres eran de Naranjal y Babahoyo y mis bisabuelos eran de Cuenca, Babahoyo y Puná. En mi sangre corre de todo un poco, por lo visto.
Con la familia de mi padre se ha perdido mucho contacto. No así con la familia de mi mamá, con quienes mejor tratamos de nos llevamos.
Aun tengo familia que vive en el campo, uno de mis tíos maternos tiene un finca cerca de Vinces en la que tiene una Piladora, unas cuantas vacas, un caballo, un criadero de cerdos, una pequeña avícola de consumo familiar, un pequeño puerto (porque su casa tiene salida al río Vinces), algunos árboles frutales y una especie de tanque para agua que no cumple con esos fines sino como un perfecto lugar para las fiestas, en las que se llena de agua, hielo y 35 jabas de cervezas.
Me gusta ir a ese lugar, me recuentra con muchas escenas de mi niñez. Allí aprendí a nadar, ahí aprendí a reconocer el color que denota que el arroz está listo para cosechar, a reconocer si el ambiente anunciaba lluvia, a elaborar manchas para cultivo, a ordeñar una vaca, a montar en caballo, a tomar agua sin hervir, a nadar contra corriente, a matar garrapatas, zelembas, niguas y tábanos, a treparme a los árboles para conseguir los frutos más maduros y más ricos… y muchas cosas más que no terminaría de enumerar. Aun me gusta mucho ir a ese lugar, me gusta la tranquilidad y el paisaje que cada día me brinda.
Y es que eso es lo divertido para mi a la hora de las reuniones familiares por parte de madre. Amanecernos a punta de cervezas, jugando cuarenta unos, bailando otros, cocinando las de la buena sazón y recordando cada detalle de lo que cada uno recuerda de la vida en el campo.
Este fin de semana hubo un reunión familiar y casi todos los López-Toral y sus descendientes y familiares estuvieron presentes. Mi hermano fue con sus tres pequeños y me tocó mostrarle a los dos mayores todas las cosas que en su momento me fueron transmitidas a mi. Y aunque no soy muy buena lidiando con pequeños, creo que lo hice bien. Creo que por hoy le pude ganar a Hulk, Spiderman y Superman juntos, le gané a la Mystic Force de los Power Rangers, a los Backyardigans y a Bob Constructor. Les pude mostrar que hay mucho más tras el televisor que ven todos los días. Y creo que desde hace días no me sentía tan feliz (muerta de cansancio, eso si) haciendo tantas cosas.
Pero sobre todo me siento feliz de que a pesar de que vivo en una “selva de cemento” como le dice un buen amigo, no olvido los olores, colores, sonidos y movimientos que nos muestra el campo. Y me gusta estar ahí, así como me gusta estar en la playa, pero esta sensación es mucho más familiar, es mucho más de sangre, es mucho más propia. La playa es como los amigos: la familia que has escogido; en cambio el campo es como la familia: las elecciones impuestas.. pera esta es una imposición que me llena mucho, que me permite saborear el rocío en el monte por las mañanas, que me deja contar estrellas mientras -entre mujeres mayores y jóvenes- conversamos de hombres con una botella de cerveza en la mano sentadas en el tendal por la noche, que me despierta escuchando Radio Cristal a las 05h00, que no me inmoviliza al ver alacranes (pero si al ver arañas), que me deja oler el aroma de tierra mojada en el fondo del pozo de agua.
Me gusta el campo. Espero algún día poder tener un pequeño pedazo de tierra cerca de aquí donde pueda ir y abstraerme del bullicio de la ciudad.